La inteligencia artificial genera valor cuando parte de una decisión o proceso concreto.

Antes de elegir una tecnología, define quién usará el resultado, qué acción cambiará y cómo se medirá el impacto. Evalúa también disponibilidad de datos, riesgos y capacidad operativa para adoptar la solución.

Una primera entrega pequeña permite aprender sin comprometer una inversión desproporcionada.